LA NÁUSEA

“El tiempo de un relámpago. Después de ello, el desfile vuelve a comenzar, nos acomodamos a hacer la adición de las horas y de los días. Lunes, martes, miércoles, abril, mayo, junio: esto es vivir” esta frase, que pareciera un relato de la actualidad ante el aislamiento humano carente de abrazos y en que los días son como una mancha gris que va cubriendo las horas de espera de un mañana idéntico,  fueron escritas por Jean Paul Sartre en la década del 30 del siglo pasado y puestas en boca de  Antoine Roquentin, el personaje de “La náusea” obra del filósofo francés.

Náusea era lo que le provocaba la vida y la sociedad a este corrosivo pensador existencialista y hoy, cuando en el mundo se han ensanchado las diferencias sociales por cuestiones que Sartre no hubiera soñado, esa sensación de asco provoca que, ante millares de muertos, putones patrios cuya única virtud sea lo que depositan en el banco, cuando toman asiento, realicen desfiles de transparencias ante los ojos atónitos de la necesidad.

 No es nuevo, por supuesto, este desplante de obscenidad, otras chirusas ya pasearon sus visones o Louis Vuitton, según la época, expresando representar las necesidades de los que menos tienen.

La creencia popular tiende a enviar al cielo a los muertos que creen califican para ello y –en menor cantidad- al infierno a los que no, pero la realidad es que el infierno –tumba en su traducción en latín- se encuentra en esta vida.

Lo vemos todos los días en el sufrimiento de miles de infectados y sus familias y cuidado que este infierno no respeta lindos culitos que desfilan por los vacunatorios VIP, o transparencias que los muestran  por el mundo.

Me quedo con la frase de la hija del ex presidente del Banco Santander en Portugal, António Vieira Monteiro, “Somos una familia millonaria y mi papá murió buscando algo que es gratis. El aire, murió asfixiado en una cama de una UCI.”