UNA MELODÍA DIFERENTE

No puedo dejar de acordarme de la melodía que tenía aquel aparato de teléfono interno de la empresa Xerox Latinoamerican Group, de la calle Canning (Escalabrini Ortiz, eventualmente, en democracia).

Yo tenía mi oficina en la planta baja, junto a grandes anaqueles de material de entrenamiento de seminarios para directores, gerentes y vendedores, coordinaba los cursos y viajé varias veces en avión o en bote, a colonia Uruguay, Nueva Helvecia, a organizar seminarios allí. Creo  que ese fue el mejor trabajo de mi vida, con la salvedad del de jefe de redacción del diario de Quintana Roo, de circulación por la Riviera Maya de México.

 Caribe…

En la hilera de box de los laterales una morena imponente que cantaba tangos como nadie, diseñaba las portadas de los módulos – con letrógrafos ya que aún no había  alumbrado la tecnología digital y las únicas computadoras de la empresa eran mamotretos más grandes que un gliptodonte y así de intimidantes, que estaban en la central, en Núñez, a media cuadra de la Escuela de Mecánica de la Armada. En el 4to piso estaba mantenimiento, allí hice amistad con Manuel Jorge, un tipo bárbaro que vivía en el sur, no recuerdo si Berazategui (nunca puede saber de su vida, ni aún por Face)  y me invitó a su casa varias veces, una para ir a un baile de disfraz, algo majestuoso, donde nadie era él mismo.

En el 1er piso estaban las ofis de los jerárquicos e instructores y por supuestos grandes salas donde se impartían los cursos en los que participaban alumnos de toda Latinoamérica.

Entre ese berenjenal de recovecos estaba el reducto de ella, Rosario Ramos Espinas, inevitablemente “la gallega” cuya descripción verbal nunca haría justicia al dechado de virtudes de su belleza. Siempre creí que todas las mujeres que amé y que, invariablemente, me rechazaron, hubieran dejado sin palabras al mismo Neruda. Reconozcamos que entonces las mujeres eran más adultas, habituadas al requiebro de los galanes no se sentían ofendidas, ni acosadas,  ante una propuesta, ni consideraban que estas defraudaran su confianza, aceptaban o rechazaban, con toda naturalidad y hasta te pedían un tiempo para pensarlo, prolongando  la  ansiosa espera, aunque ya tuvieran la carta de la respuesta en la manga.

Como la decisión de  “la pruebita de amor” en la adolescencia donde “no era no” y el “sí” casi una hazaña.

Con Rosario, lo sabía, mis sueños iban derecho al valle de lágrimas y muerte, pero dado el afecto que nos teníamos, el trato diario y algunas salidas de almuerzo o cena, quise ser honesto y planteárselo.

De las etapas del sindróme de duelo, negación, ira, , negociación y aceptación, lo mío era una mezcla  negación y negociación constante, me decía a mí mismo que tal vez en ciertas circunstancias, un ambiente ideal, el cariño que nos teníamos, podría jugar a mi favor y negocié con Dios y la 7ma reencarnación de un lama tibetano – había aprendido la experiencia de los viajes astrales- ella al fin me viera  como yo la veía a ella, en el estado Delta de la alta noche.

En realidad con Rosario mi amor no fue a primera vista, incluso al conocerla, ante los suspiros de los compañeros de la empresa, dije, no sin soberbia, que a mí no me movía un pelo.

Castigo de Cupido, una noche me desperté bañado en el sudor de un mal sueño, la veía a Rosario en los brazos del del gerente un tal Rogelio Ricardi, un viejo de 35 años. Infame!

Entonces el fantasma de los celos despertó, o reconoció la pasión que escondía mi corazón.

Como he dicho nunca olvidé la melodía de mi teléfono interno, con 19 números diferentes de las otras tantas oficinas y sonando a cada instante. Era una especie de música de la llamada funcional, no distractiva,  pero agradable. Ninguno de mis compañeros creyó nunca que, cuando entraba una llamada de Rosario, la melodía sonaba diferente.