EL PECADO DE CARO

Es notable como, de niños, los valores del amor son otros. Para nosotros, a los 10 años, era sentir la presencia de la hermana de algún amigo, sentada en el cordón de la vereda, observándonos a los varones jugar. No entendíamos como, con el tiempo y el crecimiento, las madres les iban acortando los horarios y luego, simplemente desaparecían de nuestras vidas y reuniones de juegos de interminables siestas, para aparecer hechas unas señoritas y con novio, al poco tiempo.

Las madres- y las maestras-  de aquellos tiempos humillaban a las niñas que se mezclaban en nuestros juegos,  tratándolas de “varoneras”, adjetivación solo comparable con la de  “puta” en la adolescencia.

Mis tardes, empero, eran luminosas cuando Carolina, la hija del herrero, hermana de mi amigo Julián, salía a la puerta de la casa, ocupando toda la calzada con sus ojos azules, más brillantes que la bandera de ceremonias de la escuela “General Porfirio Retamoza” de la calle Florencio Garmendia . Luego se ponía detrás del ligustro –cual voyeur temprana,  y de ahí, disimulada, nos espiaba de tanto en tanto hasta que salía su madre, doña Elbina y le hacía referencia al humillante mote de niña de cascos rápidos.

Doña Elbina era una mujer contundente, hija de italianos del norte, trabajadora hasta la exageración y sufrida hasta el hartazgo.

Pero al margen del delito que le impugnara a Carolina, yo la esperaba cada tarde y fallaba el hachazo al  troyín,  cuando la veía salir.

Las calles de barrio de Laguna Alizal eran de tierra y en las navidades los vecinos salían de sus casas, después de las 12 y brindaban con sus convecinos. El mundo era otro, aún se dormía con las puertas sin llave.

Recuerdo la última vez que vi a Caro asomarse detrás del ligustro tupido de su casa, doña Elbina salió furiosa, fuera de sí  y le gritó a voz en cuello “ ya está la varonera, espiando los chicos!” a lo que Caro respondió frenética: “como vos, cuando espiás a tío Tono bañarse en el baño del fondo!” . El rostro de la mujer del herrero se encendió de vergüenza y desapareció detrás de la puerta.

Nunca más se la vio salir de la casa y años después, escucharía comentarios de vecinas, entre ricitas cómplices, sobre alguna característica física especial del tío Tono que valía la pena espiar.

Pero eso fue mucho después que don Álvaro Acuña, el herrero, cruzara entigrado el terreno y  arrastrara a doña Elbina y el Tono Acuña,  como dios los echó al mundo, por toda la calle Florencio Garmendia de Laguna Alizal.

No se habló de otra cosa en mi barrio hasta el brindis de Navidad.