JANETTE, O EL OLVIDO

Ella tenía 23 y yo 25, se llamaba Janette y verla venir, con su cabello tirante terminado en cola, su rostro afinado y su andar de gacela, se sabía que, de entre todas las carreras que se dictaban en aquel instituto, ella solo podía buscar el aula de danza contemporánea.

Su aspecto de niña rusa o polaca, era inconfundible. Yo apenas intentaba opacar mi torpeza tomando alguna clase individual, para no obstruir el ritmo de la clase grupal y, aunque la maestra Ekaterine  intentara convencerme de mi presunto talento, el espíritu no lograba derrotar la timidez de mi cuerpo.

Ella me transformaba y me hacía sentir yo, me daba alas. Bebimos interminables cafés  en un arcaico local de Barracas y no había nada que se acercara más a la gloria que aquella cercanía con sus ojos, salvo cuando mi mano derecha la rodeaba en  la práctica del vals vienés.

Pero los sobrentendidos no alcanzan en ocasiones.

En el 2do año, fines de marzo, cuando ya preparábamos una coreo, que incluía un tango, para presentar en un importante teatro, Janette comenzó a faltar a clase, al tercer día, cuando mi corazón se estrujaba ante su ausencia, la maestra me preguntó si yo sabía algo. En aquellos tiempos no existía el celular, ni mucho menos los e-mail, que es lo primero que se pide hoy a compañeros de clase, nosotros, salvo los interminables cafés del bar de Barracas, no nos encontrábamos fuera de clase, por tanto si bien sabía que vivía en una casona del viejo barrio de San Pedro Telmo, nunca la  había acompañado, ni ante la más tonta excusa, más allá del límite de nuestros barrios.

Finalmente una amiga avisó a la dirección de la escuela que Janette había caído en una grave enfermedad terminal.

La clase enmudeció y algunas chicas rompieron en llanto. No podría yo describir como mi vida se quebraba por dentro.

Nos propusimos un grupo irla a visitar, pero su familia también había avisado que no recibiría visitas, deseaba que la recordaran pujante y enérgica en la pista de madera.

Entrado el mes de abril, con los primeros fríos, una compañera me avisó que Janette había partido.

Yo lo había sabido la noche anterior, cuando al oír un ruido,   en la alta noche del caserón de Barracas, donde vivía, salí al pasillo y al fondo de la galería la vi pasar, con su rostro pleno y una mirada lejana, desapareciendo en un instante.

Me quedé sentado en la fría baldosa aguardando que volviera, porque quería decirle lo que tanto tiempo guardó mi corazón.

Pero ya no regresó, los adioses definitivos, nunca brindan una segunda oportunidad.