TRISTEZA EN UNA TARDE DE SOL

No debió pasar, como todas las tragedias. La sincronicidad de dos sucesos, en este caso la marcha de dos vehículos, en un cruce peligroso de arterias, que tuvieron infinitas posibilidades de demorarse o apresurarse y seguir su camino, pero colisionaron con los resultados ya sabidos.

La tarde de sol enmudeció.

No se habló de otra cosa en la víspera y, seguramente, el tema dará para varios días, mientras el dolor perdurará en el corazón de las familias, ante la inconmensurable pérdida.

No sabemos las causas, seguro el peritaje establecerá responsabilidades, extraña que tanto camión como la moto -la descripción de algunos medios sobre la alta cilindrada de la moto, lleva al lector a  pensar  que la misma debió transitar a una velocidad no baja – porque no describe la potencia del camión- digo extraña que en una tarde de buena visibilidad  ambos conductores no hayan visibilizado a tiempo el peligro. Resulta evidente que la moto intentó frenar o lo hizo, pero ya era tarde.

Las redes, como siempre, se hicieron doloroso eco de la tragedia,  algunas amigas y familiares manifestaron su congoja ante la muerte de Antonella, no vimos fotos del conductor de la motocicleta – no lo vimos nosotros- y el rostro de la joven, luminoso en la postal, esa mirada, nos hizo acordar al de otras dos que murieron en circunstancias diferentes, pero no menos crueles y pensamos en esas madres, (también padres,  obviamente)  porque, en todo caso, el dolor no se puede medir y estos hechos revuelven recuerdos dolorosos.

Siempre que ocurren, no puedo dejar de pensar en Médanos y las palabras del sacerdote que despidió a las víctimas – entre ellas mi amigo Daniel- sobre que “ahora tendrán vida eterna”.

Como la vida y la eternidad transitan por planos diferentes, en este plano, nuestra mente finita, no puede entender la ausencia.

Vaya pues  nuestra oración, para quienes sufren hoy, el tormento de semejante pérdida.