PAREDÓN Y DESPUES; LA JACTANCIA DE LA CARAMBOLA

La dialéctica de la doctora Karina Caballero -una neo-sofista explícita-  asombra. Es capaz de explicar dos posturas antípodas, bajo el mismo argumento, con una verborrea vertiginosa que impide razonar al receptor a sus argumentos estrambóticos.   En diversas consultas, sobre la cuasi tragedia del derrumbe del muro de la ex CLC, reconoció  los diversos reclamos recibidos de vecinos, – por el peligroso estado de deterioro del muro ubicado en la calle San Martín y, explicó, que tales reclamos habían sido trasladados a la firma, que se encontraba  en situación conflictivo-legal- con el propietario del inmueble, aunque remarcó su preocupación por la limpieza del sitio, se cuidó de no hablar del peligro para vidas humanas que constituía el mismo y minimizó la cuestión, exponiendo la burocracia de los juzgados correspondientes para atender y dirimir estos asuntos.

PAREDÓN, PAREDÓN

Ahora bien, no se hacía menester ser ingeniero,  para dictaminar, a ojo de buen cubero, que el estado del muro constituía un peligro de muerte – suena fuerte el término, no?- para las decenas de personas, en su mayoría  niños, que transitaban sus veredas – a la vuelta está la escuela Nª7- o para los clientes de la misma empresa comercial, que no pocas veces dejaban sus automóviles en el lugar, asimismo para los que transitaban por la arteria, de hecho los pasajeros y conductor que transitaban en el automóvil que filmó el derrumbe, por segundos no fueron inmolados o lapidados por las ruinas de Chansá..

Todos debemos sentirnos un poco responsables de esta indolencia pueblerina, pero no es menos cierto que votamos autoridades para que se ocupen de esos asuntos y, seguramente, la responsabilidad trasciende a la actual gestión.  

Lo que no dijo la doctora “Eurípides” es que el municipio  tiene el poder de policía, sobre todo  en una situación que es pública y notoria y que constituye peligro para la sociedad,  la intimación a  los propietarios del inmueble es apenas una primera instancia y nunca reviste urgencia, por ello, en caso que no intervengan los responsables, el Estado debe tomar cartas en el asunto y  cobrar los gastos a los mismos, tal y como ocurre con la limpieza de  los terrenos baldíos, aunque este caso adquiría una premura mayor que el peligro de un par de ratas correteando  en un basural urbano.

Siempre terminamos hablando por el diario del lunes, mientras tanto andamos esquivando y naturalizando, casi inconscientemente, los peligros nuestros de todos los días, resulta extraño que los actores sociales e instituciones, centro de ingenieros, por ejemplo, que pusieron el grito en el cielo – con razón, obviamente-  por la construcción del ahora ex mamotreto municipal, escenario del anfiteatro, no hayan mensurado las posibles consecuencias de este peligro latente con el que aprendimos a convivir.

La mugre de las calles, los baches, los basurales espontáneos, la preocupación diluida del Cicop, constituían una casi  pavada,   comparada a esta muralla que se cernía amenazante sobre la cerviz del infeliz transeúnte.

 Esta situación muestra, a las claras, la incapacidad de una gestión inerte, con un mandatario que ha perdido iniciativa política y hoy esgrime, como trascendental ante la tragedia de tanta muerte,  la jactancia de sus  kilos menos.

 Igual la suerte de del hábil  “10” enganche de la selección vernácula, le sigue acompañando; si dos o tres automóviles o un par de peregrinos transeúntes ,  hubieran acertado pasar  en el preciso instante del desmorone,  su situación hoy no podría ser explicada ni por la hábil verba de la doctora Caballero.

La Providencia nos hizo precio; Porque, en definitiva, Dios protege a los boludos…