LAS HORMONAS DERROTAN LA RAZON

Un informe de la fecha de Infobae revela el por qué los grandes gorilas se golpean el pecho, cosa que se sabe desde hace años, por otra parte. Según la teoría de la evolución de Darwin, nosotros descenderíamos de los grandes primates, según la ciencia somos parte del reino animal, o sea en nuestros genes se encuentra inscripta a fuego la voluntad de la competencia, lucha y preponderancia sobre el prójimo, no el amor que con fé, reclamaba Jesús, pobre. Hace unos años en uno de esos canales educativos, -que dicen ver todos en vez del bailando – lo que no se puede explicar es que este último tenga 1000 veces más audiencia- vi un informe sobre el “macho Alpha”. Se hizo un experimento, colocando 10 hombres, todos altos y de cierta personalidad, a determinar fallos en un motor. La lucha silenciosa por prevalecer y ser el líder fue instantánea. Cuando uno de ellos consiguió imponer sus ideas, metieron en el grupo un individuo afro, de gran porte y de inmediato se puso al frente del grupo. El 3er paso fue hacer participar una bella mujer. Ahí se descontrolaron las hormonas, las payasadas que hicieron estos pobres individuos para conquistar su atención fue penosa. Solo faltó que se tomaran a golpes como en una taberna de las orillas, situación que indica, a las claras, que somos más instinto que razón.

Y aquí viene la historia del gorila de marras: los gran des homínidos baten el parche de su gran caja toráxica para inspirar miedo y ahuyentar a sus posibles rivales, es más, los vencedores son dueños de hembras y no dejan acercarse a ningún otro infeliz mono a ellas (les suena esto, no?).

Otro experimento que pude ver, no en el bailando, fue el que hicieron, posterior al del macho alpha, en el que enseñaban la técnica del gran gorila de la selva congoleña, golpear el pecho, inflarlo –no como pavo  que amaina su plumaje al primer ruido, diría Almafuere en el “Piú Avanti” – luego de la ejercitación eran capaces de enfrentar peligrosas acciones, las que, normalmente, no ejecutarían- una forma de reactivar el gen machista-.

Otro ejemplo, que confirma la regla, lo dan otros ejemplares del reino animal: Las hembras felinas, leonas, tigresas, etc, entran el celo con los ejemplares más bellos, grandes y fuertes, porque la belleza denota también buena salud y ello le asegura mejoramiento de la especie, defensa contra otros depredadores y provisión de alimentos y, precisamente, la mirada va hacía los fuertes glúteos del macho, fantasía femenil –y masculina- que ha quedado impresa en nuesto ADN, en caso de los hombres porque una buena cadera asegura parición segura.

EL TAMAÑO IMPORTA

La inteligencia no ha sido, precisamente – salvo para un rapidín antes que llegue el gran gorila- la que ha prevalecido en el atractivo femenil, si, tal vez, el tamaño de la billetera, si observamos en la época estudiantil, los chicos más altos, bien puestos y audaces, eran los que atraían más, siempre estaban rodeados, y no solo de  niñas, sino de niños también que, como los monitos de nuestra historia de gorilas, le hacían monadas alrededor. En los bailes, la barra se colocaba al lado del “guapetas” y repiñaba en el cabeceo de este, cuando se levantaban de la silla 3 o 4 chicas a la vez.

Haga el lector un ejercicio de memoria, busque un presidente estadounidense petizo. No creo que lo halle, son todos elegantes, delgados, héroes de guerra tal vez, cabello claro o blanco, salvo Obamaet.

En la serie de Netflix “Scandal” el personaje que maneja la agenda del presidente, una especie de Kissinger, responde a una pregunta sobre porqué nunca se postuló a la Casa Blanca” – “Mirame- dice- soy bajo y poco atractivo, nadie me votaría”. Las hormonas mandan, aún en países más preparados democráticamente.

Todo esto para decir que el instinto manda, de ambos lados del mostrador sexual y, por desgracia, no alcanzarán mil campañas contra la violencia masculina, los femicidios y violaciones, porque el gen, de aquel primate que arreglaba todo valiéndose de su tamaño o el de su garrote, no se ha apagado.

Tal vez, con el tiempo, se invente un chip que apliquen a los varoncitos desde pequeños, que regulen la testosterona, pero entonces ya no serán hombres, sino ciber robots y tal vez ellas terminen buscando un gorila que brame como Bardahl y se golpee el pecho.

Porque las hormonas, desde algún lugar, seguirán mandando.