Vivir santamente y no dejar pruebas comprometedoras

Alguna vez un predicador nos enseñó que había que vivir como si el mundo se terminara esta noche y trabajar como si nunca se terminara, no entendí muy bien. Aunque me acordé de ello la tarde que, viajando por la ruta, nos salvamos al detenernos unos minutos de quedar en medio de un trágico accidente. Tal vez si hubiéramos seguido, las coordenadas del impacto se modificaran y no pasara nada, pensé mientras leía en el diario, al otro día, y supe que uno de los involucrados se le había encontrado una valija con incontables dólares los que no pudo justificar porque había muerto de por vida, tal vez soñando con la escapada a Cayo Coco con su amante. Una semana más tarde me llegó la noticia de que un empresario que se había ausentado de la ciudad y que por causas del aislamiento no se le permitía entrar, había olvidado de retirar una recaudación espuria de su escritorio y quedó seriamente involucrado en delito de lavado de dinero.
Asocié ambos casos y pensé que se mezclaba la información y se trataba de uno solo.
Cuando en una decena de allanamientos detuvieron a los cómplices del lavador, hombres rudos que lloraban como niñas ante lo irremediable y rodearon su automóvil en la entrada del acceso, tratando de huir como Sobremonte, entendí la alegoría de aquel predicador: había que vivir decentemente, como si el juicio final fuera esta noche y retirar las ganancias del pecado del cajón del escritorio, por si el aislamiento durara por varios meses